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viernes, 29 de marzo de 2013
martes, 5 de marzo de 2013
APRENDE A VIVIR MEJOR
Personas víricas que consumen energía
Llegan, nos contagian sus emociones negativas y nos dejan sin fuerzas.
Defenderse y protegerse de este tipo de personas es una obligación.
Parar los pies a los víricos victimistas no es abandonarles sino invitarles a tomar las riendas.
¿Quiénes son las personas víricas? Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo. Es igual que un virus: llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.
El origen de la persona vírica puede ser variado: el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto. Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio. El mundo está lleno de personas víricas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz.
Víricos pasivos. En esta categoría incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar. Si les escucha y a usted le va bien, llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen. Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo. Se sienten maltratados por la vida y abandonados de la suerte. Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.
Víricos caraduras. Son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades. No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben. Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional. Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.
Víricos criticones. Viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya. Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea. No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas. No saben competir si no es destruyendo al otro. Arrasan como Atila. Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica. Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.
Compañías peligrosas
Víricos con mala idea. Manténgalos bien lejos. Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo. No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.
Víricos psicópatas. Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para ser un psicópata. El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal. De estos hay muchos de guante blanco. Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan, amenazan y provocan que se sienta ridículo, menospreciado, y se cargan la autoestima. Ante ellos, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite. Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece. Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio. Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.
Mecanismos de defensa. Para evitar el contagio de los víricos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse. Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque optan por el camino fácil: llorar.
Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice. Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida. No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe. Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas, tampoco será una ayuda. Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones. La primera opción consume y resta, y la segunda suma.
“La tristeza del alma puede matarte
mucho más rápido
que una bacteria”
(John. E. Steinbeck)
Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no. Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán. Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.
No permita que la persona vírica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes. Si lo hace con otros, también lo hará cuando usted no esté presente. No entre en su juego ni se identifique con esa conducta. Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes. Y si se trata de rumores, dígale que no tiene la certeza de que el rumor sea cierto. Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados. Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho. Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad. Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.
Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente. Como personas, todos merecemos un trato digno. Hágase valer. Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño. El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas. Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico. Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.
Rodéese de personas de bien, que le quieran y que se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas. Tenemos la obligación de ser felices y disfrutar. Hay mucha gente dispuesta a ello. No las deje escapar. Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.
ARTICULO DE PATRICIA RAMIREZ (Diario El País 3/3/2013)
lunes, 11 de febrero de 2013
domingo, 10 de febrero de 2013
EL AMOR NO ESTA FUERA SINO DENTRO EN TI, EN MI Y EN TODOS
Esta es la historia de un hombre que no creía en el amor. Se trataba de una persona normal, como tú y como yo, pero lo que le hacía especial era su manera de pensar: estaba convencido de que el amor no existía. Había acumulado mucha experiencia a lo largo de su vida intentando encontrar el amor, había observado a la gente, y acabo convencido de que el amor no existía.
En cualquier sitio donde iba le explicaba a la gente que el amor no era otra cosa que una invención, y que esta idea servía para manipular a los seres humanos y controlarlos. Así que como el amor no era real, ningún ser humano lo encontraría jamás. Convencido de sus argumentos, el hombre continuo explicando a la gente por qué no existía el amor: “Lo que los seres humanos llaman amor, no es otra cosa que una relación de miedo que se fundamenta en el control”. Y continuo dando todas las razones por las cuales tenía la certeza de que el amor no existía: “Yo ya he pasado por todo eso. No volveré a permitir que nadie manipule mi mente y controle mi vida en nombre del amor”. Sus argumentos eran bastante lógicos y convenció a mucha gente con sus palabras! El amor no existe!
Un día paseando por un parque, vio a una hermosa mujer sentada en un banco llorando, se acercó y le pregunto si podía ayudarla, y por qué lloraba. Su sorpresa fue grande cuando ella le respondió que lloraba porque el amor no existía. Al preguntarle por qué tenía esa convicción ella le explico; “Me case muy joven y muy enamorada, nos juramos fidelidad, respeto y honrarnos el uno al otro, así creamos una familia. Estuve consagrada al cuidado de mis hijos y mi casa. Mi marido progreso en su profesión y su éxito fuera del hogar se volvió más importante para él que su familia. Nos perdimos el respeto, nos heríamos mutuamente, y en un momento determinado descubrimos que ya no nos queríamos. Continuamos juntos con la excusa de que los niños necesitaban un padre, pero ahora que se han independizado, ya no tengo ninguna excusa para seguir con él. Sé que el amor no existe, y que con otra persona seria igual, por eso estoy llorando.
Como la comprendía muy bien, la abrazó y le dijo:
-“Tiene razón, el amor no existe. Buscamos el amor, abrimos nuestro corazón, nos volvemos vulnerables y lo único que encontramos es egoísmo, y aunque creemos que no nos dolerá, nos duele. No importa cuántas relaciones iniciemos; siempre ocurrirá lo mismo.”
Se parecían tanto que pronto trabaron una gran amistad, se respetaban mutuamente, entre ellos no había ni envidia ni celos, no se controlaban, y tampoco se sentían poseedores el uno del otro.
La relación continuó creciendo más y más. Además, siempre que estaban separados se echaban de menos. Un día durante un viaje fuera de la ciudad, tuvo una extraña idea. Pensó: “Mmm, tal vez lo que siento por ella es amor”. Pero este sentimiento era muy distinto a lo que había sentido anteriormente. No sentía la necesidad de que ella cuidara de él, no necesitaba echarle la culpa de sus problemas ni de sus desdichas, respetaba su forma de pensar, No sentía celos cuando estaba con otras personas y no sentía envidia de sus éxitos. Y pensó: “Tal vez el amor si existe, pero no es lo que todo el mundo piensa que es”.
Cuando volvió a casa empezó a explicarle lo que pensaba, y ella le dijo: “Sé exactamente lo que me quieres decir. Hace tiempo que pienso lo mismo, pero no quería decirte nada porque sé que no crees en el amor. Quizás el amor sí existe, pero no es lo que creíamos que era”. Decidieron ser amantes y vivir juntos, continuaron respetándose, apoyándose, y el amor siguió creciendo cada vez más. Eran tan felices que incluso las cosas más sencillas les provocaba un canto de amor en su corazón. El amor que sentía él llenaba de tal modo su corazón que, una noche le ocurrió un gran milagro. Estaba mirando las estrellas y descubrió, entre ellas, la más bella de todas, su amor era tan grande que la estrella empezó a descender del cielo, y al cabo de poco tiempo, la tuvo en sus manos. Después sucedió otro milagro, su alma se fundió con aquella estrella. Se sintió tan inmensamente feliz que corrió a depositar la estrella en las manos de su mujer, como una prueba del amor que sentía por ella. Pero en el mismo momento en el que puso la estrella en sus manos, ella sintió una duda; pensó que ese amor resultaba arrollador, en ese instante, la estrella se le cayó de las manos y se rompió.
Ahora, un hombre viejo anda por el mundo jurando que no existe el amor, y una hermosa mujer mayor espera a un hombre en su hogar, derramando lágrimas por un paraíso que una vez tuvo en sus manos pero que en un momento de duda perdió.
¿Quién de los dos cometió el error? ¿Qué es lo que no funciono?.
El error fue de él al pensar que podía darle su felicidad a la mujer. La estrella era su felicidad y su error poner su felicidad en las manos de ella. La felicidad nunca viene del exterior. Él era feliz por el amor que emanaba de su interior; ella era feliz por el amor que emanaba de sí misma. Pero, tan pronto como él la hizo responsable de su felicidad, ella rompió la estrella porque no podía responsabilizarse de la felicidad de él.
No importa cuánto amase la mujer al hombre, nunca hubiera podido hacerle feliz porque nunca hubiese podido saber qué es lo que él quería. Nunca hubiera podido conocer cuáles eran sus expectativas porque no podía conocer sus sueños.
Si tomas tu felicidad y la pones en manos de alguien, más tarde o más temprano, la romperá. Y como la felicidad sólo puede provenir de tu interior y es resultado de tu amor, sólo tú eres responsable de tu propia felicidad.
martes, 5 de febrero de 2013
EL MIEDO
“El miedo o temor es una emoción caracterizada por un intenso sentimiento, habitualmente desagradable, provocado por la percepción de un peligro, que puede ser real o supuesto.”
Así podemos definir el miedo, algo que se ha convertido en una enfermedad social. Esta enfermedad se manifiesta con enfado, odio, tristeza, envidia hipocresía etc. Y el resultado de vivir esta emoción es el sufrimiento.
Cuando el miedo es muy intenso, la mente racional comienza a fallar y no es capaz de soportar las heridas que produce, entonces la persona pasa a ser un enfermo mental, al cual se le diagnostica según el criterio médico, administrando a la persona los fármacos necesarios para anular el sentimiento. Lo pueden llamar esquizofrenia, paranoia, psicosis etc, pero lo cierto es que estas enfermedades aparecen cuando la persona está tan asustada y las heridas sin resolver le duelen tanto, que prefiere romper el contacto con lo que llamamos mundo exterior.
Cuando un ser humano vive con miedo continuo a ser herido, crea una situación de conflicto en cualquier sitio que vaya, ya que las relaciones con los demás le provoca tanto daño emocional que el sistema de protección que desarrolla es el enfado, la introversión apartándose de las situaciones y manteniéndose en un constante “alerta”, lo que le produce mucho más estrés y agrava su situación. En ese estado incluso decir “te amo” puede resultarle aterrador.
Entonces, debido al miedo, nuestra mente crea algo tan sofisticado como es “la negación”. Y comenzamos a mentir, mentimos a los demás aparentado lo que no somos, y lo peor es que nos mentimos a nosotros mismos, llegando a creernos nuestras mentiras. No nos damos cuenta de que estamos mintiendo, y en ocasiones, aun sabiendo que mentimos, justificamos la mentira y la excusamos protegiéndonos del dolor de nuestras heridas. Este sistema es como un muro delante de nuestros ojos que nos impide ver la verdad, nos escondemos detrás de una máscara porque nos resulta demasiado doloroso vernos a nosotros mismos o permitir que los demás nos vean tal y como somos en realidad. Nos desdoblamos, aparentando que somos lo que los demás creen que somos, y seguimos levantando barreras para protegernos y mantener alejada a la gente, quedando encerrados y sin libertad.
Cuando alguien reacciona con agresividad ante una palabra tuya, ten presente que le has tocado alguna herida mental y que si reacciona es porque le duele. Si tomas conciencia de que todos tenemos heridas mentales, entenderemos muchas cosas de nuestras relaciones con los demás, sabiendo que todos los seres humanos estamos viviendo en lo que los toltecas denominan el “sueño del infierno”, ya que desde su perspectiva todo lo que creemos de nosotros y todo lo que sabemos de nuestro mundo, solo es un sueño.
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